sábado, 19 de junho de 2010

UM OLHAR ARGENTINO SOBRE SARAMAGO

A minha "nana" argentina Maria Faini, de Rosário, sempre atenta, teve a gentileza de me enviar esta análise sobre o Prémio Nobel português. Vale a pena ler, com um muchas gracias à Marita e à autora Silvina Friera.
Com a devida vénia, aí vai a transcrição do trabalho, publicado na Página 12.

Sábado, 19 de junio de 2010

Adiós a José Saramago, leyenda de las letras

Romance del Quijote portugués, el hombre de las mil pasiones

Nació pobre y se formó como cerrajero, pero el joven Saramago intuía que su espíritu sólo se saciaría con algo más, esa formidable obra que significó premios, admiración y sinsabores.

Por Silvina Friera

El Quijote portugués, un “comunista libertario” que fue el único Premio Nobel de Literatura en esa lengua, decía que morir no es ningún acto heroico, sino una cosa de lo más corriente. No había rabia ni dramatismo en ese pensamiento. De un tiempo a esta parte, presentía que no iba a vivir mucho más. Sabía que si la vida es como una vela que va ardiendo, él tenía la certeza íntima de que estaba cerca de ese momento en que lanzaría una llama más fuerte antes de extinguirse. La enfermedad, una leucemia crónica, minaba su salud. Aunque el jueves había pasado una noche tranquila –la trampa que tiende la muerte cuando suelta el corset y proporciona una dosis de alivio–, el viernes después de desayunar comenzó a sentirse mal. José Saramago, uno de los grandes novelistas del siglo XX, murió ayer al mediodía, a los 87 años, en su residencia de la localidad de Tías (Lanzarote), “como consecuencia de un fallo multiorgánico”, según informó el sitio de su Fundación. Que la muerte sea una cosa de lo más corriente no vacuna contra el dolor. En Las pequeñas memorias, Saramago recordaba que cuando su abuelo analfabeto tuvo la corazonada de que ya no habría más futuro fue hasta el huerto de su casa y se despidió de sus árboles, abrazando en esa ceremonia del adiós cada uno de los troncos. Su nieto, tantos años después, se despidió de una forma “serena y plácida” de su familia.

Saramago nació el 16 de noviembre de 1922 en la pobre y rústica aldea portuguesa de Azinhaga (palabra que significa “calle estrecha”), situada a cien kilómetros de Lisboa y en las cercanías del río Tajo. En esa cuna geográfica, con su frontera de agua y de verdes, con sus casas bajas rodeadas del gris plateado de los olivares, se completó la gestación de un niño melancólico, un adolescente desmadejado, tan lleno de dudas como de certezas, contemplativo y frecuentemente triste. José de Souza se hizo más conocido por un error que selló su suerte. El funcionario encargado de registrar sus datos se equivocó y en vez de anotarlo como Souza le estampó el Saramago, el nombre de una planta que crece como yuyo por esas tierras. Aunque a los dos años emigró a Lisboa, nunca rompió sus lazos con el lugar de su nacimiento. Siempre se dejó llevar por el niño que había sido. Si la infancia es uno de los principales patrimonios de un escritor, el autor de Ensayo sobre la ceguera advertía que sin la madera de esa infancia no hubiera sido el que fue. La pobreza de esa familia de campesinos analfabetos, sin tierra ni recursos económicos, abortó la posibilidad de que ese niño enjuto y brillante estudiante terminara sus estudios secundarios. Saramago tuvo que ayudar a la familia y trabajó en una herrería mecánica, donde se formaría como cerrajero, oficio que ejerció durante dos años.

Ese joven que abría literalmente puertas intuía que él también podría abrir la “gran puerta” de su vida. No importaba que fuera más tarde que temprano. Su mayor ilusión era ser escritor. El germen de su destino comenzó en la biblioteca pública, donde el adolescente se lanzaba a la aventura de leer. De día trabajaba, de noche devoraba libros, todos los que podía. Contaba que su familia de espíritu, los escritores que lo marcaron definitivamente, fueron Gogol (“que se reía de todo pero con tristeza”), Montaigne (“que debería ser de lectura obligatoria para todo aquel que pretenda escribir bien”), Cervantes y, sobre todo, Kafka, “ese hombre tan curioso que desde su mediocre cotidianidad de funcionario de Banco produjo una obra de valor incalculable”. Tenía 17 años cuando leyó una frase de esas que nunca se olvidan: “Sabio es el que se contenta con el espectáculo del mundo”. Muchos años después, en 1984, seguía buscando las razones de la magnitud de ese impacto. “Escribiendo El año de la muerte de Ricardo Reis, fruto de la fascinación y el rechazo que esa frase me provocaba, descubrí que yo escribía para responderle a su autor: ‘La sabiduría no podrá ser jamás contentarse con el espectáculo del mundo’. La sabiduría está relacionada con lo opuesto: con atreverse al inconformismo, a la formulación de las preguntas definitivas, a la búsqueda profunda de razones”, recordaba Saramago.

El derecho de un hereje

En 1947 dio el primer paso en ese camino incierto de la escritura y publicó su primera novela, Tierra de pecado, mientras alternaba trabajos como mecánico, editor y periodista de Diario de Noticias, en Lisboa. Por esos años se fue encendiendo una chispa que sería central en su horizonte vital. La llama de la conciencia política fue aumentando poco a poco hasta que lo impulsó, definitivamente, a afiliarse al Partido Comunista Portugués en 1969 y a participar en la Revolución de los Claveles del 25 de abril de 1974, que puso fin a la dictadura de Salazar. La literatura era como la promesa de un canto futuro que brillaba en la lejanía. Casi veinte años de silencio no es nada, se podría decir parafraseando la letra del tango; tal vez en esos tiempos era válido estar dos décadas sin publicar porque, como afirmó en muchas ocasiones en que recapitulaba ese hiato, no tenía “nada que decir”. La poesía fue la ruta principal que tomó para regresar al centro de esa ilusión que no dejaba de titilar. Entre 1966 y 1975 salieron Poemas posibles, Probablemente alegría y El año de 1993. Calibraría su ego años después, en 2005, cuando se publicó su Poesía completa y aseguró que nunca fue “un poeta genial” ni “un gran poeta”. Tan sólo se consideraba “un buen poeta”. Curiosamente, en los últimos años, el escritor, consciente de la edad, proclamaba que tenía “algo para decir” y no dejaba pasar demasiado tiempo entre novela y novela, como si hubiera una revancha interior contra ese retiro de 19 años.

Así como la precocidad cotiza en la Bolsa literaria, a veces como si fuera un valor autónomo de las circunstancias vitales –es difícil la precocidad cuando lo que abunda es el humus de la pobreza–, la leyenda de Saramago se agigantó por haber sido un escritor de publicación tardía, un Quijote portugués que lucharía contra unos cuantos molinos de viento. En 1977 se editó la novela Manual de pintura y caligrafía, a la que siguieron el libro de cuentos Casi un objeto (1978) y la obra teatral La noche (1979). En estos libros previos al gran reconocimiento están sentadas las bases del mundo que iría construyendo. Esa señora tan esquiva, la fama, lo visitó a partir de Memorial del convento, novela situada en el siglo XVIII que ganó el Premio del Pen Club Portugués, el mismo galardón que volvió a ganar en 1984 con La muerte de Ricardo Reis. Tenía 60 años cuando alcanzó el Olimpo de la celebridad literaria, al que ingresan pocos.

Desde entonces, la fama lo acompañó siempre, a veces tanto que ese hombre de la triste figura, altísimo y delgado como un junco, parecía duplicarse para estar en tantas partes que cualquier otro mortal no resistiría, salvo que apelara a algún truco o intentara clonarse. Esa fama se disparó, se le fue por completo de las manos y lo hirió, cuando en 1991 publicó El Evangelio según Jesucristo. La iglesia lo acusó de “hereje”, el Vaticano no dejó de insultarlo en todas las lenguas posibles. La novela fue objeto de un polémico veto, un año después, cuando se retiró de la lista de candidatas al Premio Literario Europeo. El escritor se había animado a humanizar la figura de Jesús, que perdía la virginidad con María Magdalena y era un títere de Dios para multiplicar y expandir su dominación mundial. Y ardió Troya. El gobierno portugués se sumó a la campaña contra el autor; el libro se prohibió. La censura indignó tanto a Saramago que decidió autoexiliarse en Lanzarote, donde residió hasta su muerte, junto con su esposa, la traductora de sus libros, Pilar del Río. “Para defenderme de los que me llamaron hereje, no tengo más que decir que la palabra ‘herejía’, etimológicamente, quiere decir ‘el que elige otra cosa’, y que todos deberíamos tener ese derecho. Aunque las religiones nunca fueron contemplativas con los que piensan distinto ni han servido nunca para acercar a los hombres los unos a los otros”, reflexionaba tiempo después del escándalo.

Capturar la realidad

1995 fue muy especial. Saramago obtuvo del Premio Camoens al conjunto de su obra y publicó Ensayo sobre la ceguera, primera entrega de su trilogía sobre la identidad del individuo, que continuó con Todos los nombres (1998) y cerró con Ensayo sobre la lucidez (2004), donde plantea la importancia del voto en blanco a la hora de expresar la disconformidad con el poder político. Sin sacar el pie del plato de la izquierda, el escritor fustigó a los partidos de izquierda que, cuando dicen que “se acercan al centro”, en realidad “lo que hacen es acercarse a la derecha”. Alertaba que al mundo “lo dirigen organismos que no son democráticos, como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial o la Organización Mundial de Comercio”. En su país, en España o en sus visitas a la Argentina, invitaba a los ciudadanos a “perder la paciencia” y a hacer algo para intentar cambiar la situación. “Es hora de aullar, porque si nos dejamos llevar por los poderes que nos gobiernan y no hacemos nada por contrarrestarlos, se puede decir que nos merecemos lo que tenemos”, planteaba. Tres años después, en 1998, recibiría el Nobel por haber creado una obra en la que “mediante parábolas sustentadas con imaginación, compasión e ironía, nos permite continuamente captar una realidad fugitiva”. La vida se fuga, es la principal fugitiva. Las ideas, también. Un día se le acabarían. Eso creía y decía. El miedo a que ese agotamiento llegara sin dar señales previas lo conjuraba escribiendo en una carrera contra reloj de la que fueron surgiendo La caverna (2000), El hombre duplicado (2002), Las intermitencias de la muerte (2005), Las pequeñas memorias (2006) y El viaje del elefante (2008). Esa necesidad imperiosa de luchar contra el tiempo se materializó también, en septiembre de 2008, en su blog titulado El cuaderno, “un espacio personal en la página infinita de Internet”, según comentaba el escritor que supo ser una antena ambulante que “capta lo que está en el presente”.

La obsesión de escribir de Dios se prolongaría con su última novela, Caín (2009), una figura bíblica que también humanizó Saramago, a pesar de que el fratricida de Abel goza de muy mala prensa. Quién podía negarle el derecho a meter las manos en la masa de este tópico áspero, caldo de cultivo de sempiternas polémicas. Nadie, o, mejor dicho, los mismos de siempre, los de las sotanas apolilladas. “Quiero hablar de Dios porque es un problema que afecta a toda la humanidad”, argumentaba sin ánimo de provocar. Pero provocando.

El escritor del compromiso y la lucidez explicaba este metejón con Dios repasando su formación. Nunca tuvo educación religiosa, ni en los años que estuvo en el colegio ni en su casa. No transitó por las crisis religiosas de la adolescencia ni cuando arrancó con las preguntas sobre la muerte. “Creo que la muerte es la inventora de Dios. Si fuéramos inmortales, no tendríamos motivo para inventar un Dios. Para qué. Nunca lo conoceríamos”, subrayaba en una entrevista con Juan Cruz. “Ateo es sólo una palabra. En el fondo, estoy empapado de valores cristianos, y es verdad que algunos de estos valores coinciden con valores del humanismo. Los acepto. Ahora bien, todo lo que tiene que ver con la creencia en un Dios superior y eterno, que un día me condenará, me parece una chorrada.” El telón de la novela Caín cae con una discusión, en el umbral de la puerta del Arca de Noé, entre Dios y Caín. Para el escritor es la eterna discusión, sin salida, entre el hombre y Dios. “Ni él nos entiende a nosotros, ni nosotros lo entendemos a él. Son dos entidades que no se han entendido, no se están entendiendo y no se entenderán”, advertía Saramago, autor de obras autobiográficas como Cuadernos de Lanzarote I y II (1997 y 2001). Cuando presentó esta novela en España, agitó una vez más el avispero católico al calificar a la Biblia de “manual de malas costumbres”.

El triunfo de la vida

La chispa que dispara muchas de las ficciones de Saramago parte de una pregunta. El motor de Las intermitencias de la muerte, que narra la historia de una ciudad donde la gente deja de morir, donde el factor muerte desaparece, es qué pasaría si fuéramos eternos. La primera respuesta que se evidencia es que sin la muerte, apuntaba el escritor, mucha gente se arruinaría. Pero va más allá de esa instancia al recordar, entre otras cuestiones, que la idea de la muerte es una de las raíces del poder de la Iglesia. “El problema de la Iglesia es que necesita la muerte para vivir. Sin muerte no podría haber Iglesia porque no habría resurrección. Las religiones cristianas se alimentan de la muerte. La piedra angular sobre la que se asienta el edificio administrativo, teológico, ideológico y represor de la Iglesia se desmoronaría si la muerte dejara de existir”, argumentaba. “Por eso los obispos en la novela convocan a una campaña de oración para que vuelva la muerte. Parece cruel, pero sin la muerte y la resurrección, la religión no podría seguir diciendo que nos portemos bien para vivir la vida eterna en el más allá.” Saramago dejó un libro inconcluso sobre la industria del armamento que estaba preparando. “No será sobre el Corán, pero será sobre algo tan importante como todos los coranes del mundo: por qué no hay huelgas en la industria del armamento, una huelga en la que los obreros dijeran: ‘No construimos más armas’”, anticipó.

En una de sus últimas visitas a Buenos Aires, el escritor estuvo en una escuela del barrio de Boedo. Los pibes, asombrados, no paraban de preguntarle de todo. “La vida está triunfando todos los días sobre la muerte. Yo no sé cómo terminará la vida de la humanidad, pero el único consuelo que tenemos es que cuando se muera el último ser humano se acabará la muerte”, dijo. “Pero hay una cosa muy clara: no podemos vivir sin la muerte. Hay que aceptarla. Si estamos aquí no es porque haya una predestinación, sino porque hay un gas ligero e inodoro que con tiempo suficiente se convierte en ser humano.” Aunque estaba a años luz de brillar por su sentido del humor –en sus ficciones y en sus declaraciones, si había gracia era por los desprendimientos de su ironía–, se permitió bromear sobre su muerte. “Cuando yo me muera llegará aquí la noticia: ‘Ha muerto Saramago’, y alguno de ustedes dirá: ‘Ah, ese señor, que ha estado aquí, pobrecito’. Pero no pasa nada, yo he hecho unas cuantas cosas que quedaron en mis libros. Lo que cuenta es que vamos a continuar.” La vela ya no arde, pero queda el calor de sus libros.

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sexta-feira, 11 de junho de 2010

LITO, O APANHA OSTRAS

LITO, O APANHA OSTRAS

Do outro lado da língua de areia, o Atlântico
O forno de pão em Ngola Mussungo

As ostras de Porto Amboim


Dizem que são afrodisíacas, que contêm fósforo, iodo e zinco. As ostras são manjar de uma vez por ano nos restaurantes caros do mundo. Em Porto Amboim, são o ganha-pão de Lito Bumba e de muitos outros da aldeia de Ngola Mussungo, ali ao lado de Porto Amboim.

Como a mais valiosa das riquezas, as ostras de Porto Amboim estão bem protegidas pela natureza. O acesso é difícil, desconfortável, por caminhos pedregosos e perigosos.
A paisagem em volta é agreste, poeirenta nesta época e, em Ngola Mussungo, a vida flui tranquila sem apertos de trânsito nem aflições de bichas para a gasolina. Ali, a poucos quilómetros da grande cidade, o mundo retoma a sua forma natural e nem a motorizada do agente de trânsito em dia de folga perturba o encanto do lugar. As casas estão espaçadas umas das outras, as crianças correm sem constrangimentos, os animais ignoram olimpicamente, na sua faina de perscrutar a terra, a passagem do carro.
Lito, alcunhado de Bumba pelos amigos, é um jovem de 23 anos de idade. No olhar lê-se-lhe uma paz interior que as gentes da cidade já não sabem o que isso é. A mãe é Josefa Bento.
Onde está o Lito, queremos falar com Lito, perguntávamos às pessoas abrigadas nas sombras. “É pra quê?”, alguns interrogavam. “É prás ostras”, respondíamos. “Eu posso mostrar”, retorquiam. “Não, nós queremos falar com o Lito”.
Naquele lugar, o GPS está dispensado, Lito apareceu como se tivesse ouvido as indagações dos forasteiros que éramos. Ele iria mostrar-nos o caminho para o “paraíso” que, neste caso particular, é a descer. “O Vado vai também”, disse, “ele é filho da minha irmã”.
Inevitável mesmo era não deixar de pensar no gigantesco fosso entre a imagem das ostras servidas com requintes de luxo e preços galácticos nos restaurantes do mundo e aquelas que Lito e seus colegas de trabalho retiram das águas lisas daquela espécie de laguna existente entre as fragas do continente e a língua de praia estendida por quilómetros de extensão.
Numa jangada rudimentar feita de oito envelhecidos troncos de árvore, Lito e Vado atravessam os cerca de 80 metros que separam uma margem da outra. E é do lado de lá, na língua de areia de praia, que se esconde o tesouro. Um tesouro de tal forma natural, que Lito, Vado e todos os outros dali, não suspeitam dos interesses comerciais que desperta.
Dezenas de montes de cascas de ostras, esbranquiçadas pelo sol de muitos anos, testemunham antigas razias sem controlo. Lito só sabe que aquelas ostras trazidas na jangada para venda a particulares ou até mesmo em Luanda, são o sustento da família toda.
Não pensa no valor comercial praticado nas grandes capitais. Não imagina a exclusividade que é para gentes das cidades cosmopolitas, comer seis ostras deitadas em cama de gelo moído. Por vezes vai a Luanda onde estudou, ver amigos e familiares e, vender ostras que apanhou ali no seu recanto. Por norma, não procura os clientes.
Os clientes é que vão à procura do Lito, de Ngola Mussungo. E não pensa mudar de vida, nem mesmo vai a Porto Amboim com frequência. “Talvez nas sextas-feiras”, diz ele, “levar ostras no restaurante ou em casa de pessoas.”
Quando perguntámos por quanto ele vende um saco de ostras apanhadas no seu lugar habitual, Lito, com ar compungido, deu um valor como se estivesse com receio de ser muito elevado, antecipando a negociação que se seguiria. Não revelamos, por pudor e respeito pelo negócio de todos os Litos de Ngola Mussungo, o preço pedido.
Preferimos reservar, a quem estiver interessado, o prazer da descoberta. Não vai encontrar pérolas. Naquele lugar ainda puro, as ostras não sofrem da doença que lhes provoca o crescimento da pérola. Simplesmente porque, ostra feliz, como a de Porto Amboim, não faz pérola.
hs

(texto publicado no jornal OPAÍS, edição nº 83 de 11 de Junho de 2010, página 22, sob o título AS OSTRAS DE PORTO AMBOIM).
Ler em http://www.opais.co.ao/

experiência

um pouco como quem muda de penteado, aproveitei a novidade oferecida por esta coisa do blogger e ... mudei de cara.....aguardo a vossa opinião.....fica assim, ou voltamos ao antigo? se é que vou conseguir recuperar o antigo...mas isso são outros quinhentos....

terça-feira, 1 de junho de 2010

Cacussos


O "restaurante" da Etelvina (Vina) à beira da estrada.


A Vina é uma ternura de pessoa

Cacussos, Cuca e bússola para não perdermos o norte.

A fome apertava o estômago, a sede mais secava a garganta depois de uns bons trinta e tal quilómetros de picada, com muito pó, para chegarmos a Muxima, o Manuel Ricardo e eu. Dirigimo-nos ao pomposo Restaurante-pousada que, em dia feriado, estava fechado. Um velho guarda, Mário, solícito e sem nada para guardar, dispos-se a mostrar-nos um sítio onde podiamos encontrar de comer. Muxima, um lugar de culto, visitado por dezenas/centenas de pessoas por fim-de-semana, não tem um sítio "normal" para se tomar, sequer, um copo de cerveja. Devem estar todos à espera sei lá de quê.
Mário pôs-se a caminhar ao lado do carro para nos indicar, como deve ser, sem hipótese de erro, o caminho mais directo para a nossa salvação. E foi-nos levando para a aldeia de cubatas. É aqui, disse ele. Nem era preciso, Etelvina, a patroa do lugar, veio de imediato à minha janela e antes que eu dissesse alguma coisa ela, com um sorriso mais acolhedor do que todas as grades de Cuca do mundo, atira directa ao estômago: "Tenho cacussinhos fresquinhos acabados de chegar". E, pergunto já a salivar: "Tem cerveja bem geladinha?". "Tenho, muito geladinha". Assim mesmo, com todos os "inhos" em que nós portugueses somos exímios em expressar os nossos sentimentos.
Saimos do carro apressados para a sombra da cubata-restaurante, enquanto Mammy, uma menina de 20 anos, mãe e estudante, se apressava a tirar duas latas de Cuca bem "geladinhas". Claro, tivemos todo o gosto em convidar Mário para tomar uma, coisa que fez sem exigir insistência. Mário guarda as instalações de uma empresa estatal, nem percebi bem o que era. Esteve nove anos na guerra (a guerra civil angolana), correu o norte de Angola. Desmobilizado, regressou à sua Muxima. Bebeu a Cuca saboreando cada gole, conversando sobre os problemas da vida.
Etelvina aparece a perguntar se a cerveja estava bem ao nosso gosto. Que sim, claro, a sede era tanta e calor abafado da cobertura de zinco aceleraram bem o consumo, que até parecia que o precioso líquido se evaporava.
Por volta da terceira rodada, chegou Etelvina, a Vina, com magníficos "cacussinhos" (como ela ternamente chama àqueles peixinhos do rio Kwanza), acabados de assar nas brazas do velho fogareiro que tantas fomes já deve ter matado.
Numa pausa, Vina senta-se à nossa mesa para saber se estava tudo bem, se precisavamos de mais alguma coisa ao mesmo tempo que, cordial, me perguntava como eu me chamava. Chamo-me "Helder". "Helder??", responde ela com ar incrédulo, "eu tenho um sobrinho que se chama também Helder. Agora tu ficas meu sobrinho."
Num abraço feito de subita descoberta de um familiar longínquo e improvável, selamos uma amizade para o resto da vida, trocando números de telemóvel.

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